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Los comunes y la gobernanza mundial

Fecha de creación

Jueves, Agosto 2, 2012 - 05:55


No se podrá concebir la posibilidad de un contrato social mundial si no se supera la noción de la protección individual, y no se pasa a la noción de la protección de todos. En otras palabras, nuestra libertad mundial, es decir nuestra libertad de aprovechar, y así proteger, lo que es común a todos como comunidad mundial, es la que nos incitará a extraernos de lo que básicamente se está volviendo una guerra mundial contra nuestro planeta, contra nuestros “comunes” y contra nosotros.

Pero ¿qué implica este “todos”? Aunque se hable mucho de cultura o civilización universal o pluri-versal, de destino común, de principios éticos mundiales que podrían unir a la humanidad, estos conceptos notables no han, al menos no todavía, resistido la prueba de las fuerzas oscuras del nacionalismo, la avaricia y el resentimiento que parecen prevalecer a pesar de los discursos grandilocuentes que los cuestionan o denuncian. Para luchar con determinación, obstinación y eficacia contra estas fuerzas, se necesita algo más concreto y palpable que lo que se percibe a menudo como principios no vinculantes y con pocos medios para hacerlos aplicar efectivamente. En este contexto, el concepto de bienes comunes o simplemente “comunes” es algo concreto que podría tener el potencial para servir como el necesario vínculo entre los seres humanos.

El concepto de “comunes” no sólo implica una cuestión física (o en algunos casos “digital”) sino más bien una nueva forma de concebirnos y concebir a otros, nuestro medio ambiente y nuestra relación con este medio ambiente. A través de la noción de “comunes” y de “comunización” se transforma radicalmente la ecuación tradicional de la libertad y la propiedad al reafirmar la libertad a nivel mundial –y no sólo individual– extrayendo de esta noción su vínculo tradicional con la propiedad privada. Tal inversión, que equivaldría a un contrato mundial y voluntario, representa un potencial con consecuencias profundas a largo plazo ya que altera nuestro compromiso y nuestra adhesión social a lo que era exclusivamente un contrato “nacional”, del que la mayoría de nosotros –a la exclusión de aquellos que cambian o adoptan múltiples nacionalidades– heredamos. Como tal, a nuestra identidad tradicional como individuos y ciudadanos nacionales (en términos estrictamente jurídicos, pues todos nos identificamos también con otras comunidades que las nacionales) se suma una nueva dimensión, una suerte de ciudadanía mundial.


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