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Desde Cataluña: la gobernanza mundial y el desafío de los pueblos sin Estado.

Fecha de creación

Viernes, Diciembre 15, 2017 - 06:04
Jordi Camprubí

A final de año de 2017, en las elecciones impuestas del 21-D, que siguieron al golpe de estado institucional español protegido por la UE, el bloque independentista ha vuelto a ganar, aunque por un margen estrecho. Va a poder gobernar pero le será difícil implementar el mandato popular de la recuperación de la efímera República catalana proclamada el 27 de octubre, y también la reconstrucción de la autonomía. El gobierno de Madrid ha encarcelado a una parte del gobierno legítimo y ha enviado al exilio a otra parte. Los tribunales han imputado a nuevos líderes de la izquierda y la derecha y de la sociedad civil, en un encausamiento general contra la propia idea de independencia, utilizando el llamado “delito de rebelión”, totalmente inconcebible en el contexto de la legislación europea y de los valores que la sostienen.

La estrategia de Madrid es atacar indefinidamente por tierra mar y aire al sector independentista. Se utilizan tribunales; fuerzas de ocupación dispuestas a usar la violencia; intoxicación mediática abrumadora; ahogo financiero de líderes y algunos ciudadanos; represión pormenorizada sobre ayuntamientos, escuelas y sectores activistas; diferentes formas de censura; y condicionar la restitución del gobierno autónomo y de sus competencias suspendidas, al abandono de la restitución de la República proclamada pacíficamente con la mayoría independentista y el referéndum. Para ello Madrid ha amenazado también con forzar la repetición de elecciones, incluso varias veces hasta conseguir ganar. Este régimen que sigue considerándose una democracia pero que está dejando de serlo cada vez más en muchos aspectos, conduce a la sociedad catalana a un callejón sin salida.

Posiblemente el primer movimiento del nuevo gobierno, si se consigue constituir, es girarse una vez más hacia Europa para que obligue a España a un referéndum acordado. Si Europa sigue ignorándolo, lo que venga a continuación podrá ser un periodo brutal o grandioso de la historia. Se caminará hacia un escenario de revolución o de ocupación y sumisión permanente.

Más allá de Cataluña y España, lo que está en juego es el propio sentido de la democracia que se manifiesta en dos visiones: una democracia neoliberal vigente, pero muy problemática, acotada a unos Estados nación cada vez menos soberanos, y por el otro lado una democracia sin fronteras posible y necesaria, que invita a ser desarrollada a escala global al tiempo que se repiensa a sí misma en profundidad, e incluye la autodeterminación de los pueblos y las comunidades como uno de sus elementos constituyentes irrenunciables.

Para entender el impacto que este conflicto podría tener en la evolución del orden mundial, me gustaría señalar las consideraciones siguientes:

 

1. Es un conflicto que atañe a los valores fundamentales de Europa y a la evolución de la democracia en el mundo. El orden westfaliano, es decir la división del globo en Estados soberanos, es uno de los pilares del sistema mundial, y la movilidad de las fronteras es uno de los tabús de este orden. El sistema mundial justifica esta inmovilidad en el nombre de una paz que en realidad reporta más beneficios a las élites de lo que lo hacían las frecuentes guerras en siglos anteriores, pero que a pesar de ello, por la obvia razón del deseo compartido por todas las sociedades de esa misma paz, obtiene una amplia legitimación ciudadana. Los gobiernos de los grandes países europeos quieren proteger sus privilegios territoriales y económicos y utilizan la UE como una alianza en beneficio de sus élites. Es la continuación de lo que hace dos siglos ya había sido la Santa Alianza: una coalición de poderosos que les protege de las demandas de sus propios súbditos, en nombre de la paz común. La inmovilidad de las fronteras privilegia la estabilidad financiera, anteponiendo la máquina apisonadora de beneficios para los ricos que penaliza las vidas de las mayorías, y constriñe la democracia a los espacios recluidos de los Estados-nación. En el caso catalán, se alían para oprimir un movimiento pacífico, democrático, transversal en lo ideológico, abierto a la inmigración, esperanzado en la posibilidad de recuperar un Estado del bienestar que recula en toda Europa, defensor de una cultura y una lengua amenazadas por la globalización, y que ha osado anteponer la democracia a las leyes inmóviles de un poder español heredero de un pasado franquista y colonialista.

2. La elección estratégica del gradualismo gandhiano en Cataluña abre una nueva vía en la historia de la resolución de las disputas nacionales. Desde que en 2006 el gobierno del PP permitió recortar drásticamente un estatuto catalán ratificado por votaciones en los parlamentos en Madrid y Barcelona, y en un referéndum popular, la respuesta ciudadana y gubernamental ha sido gradualista, democrática y pacífica, atravesando etapas frente a las negativas al diálogo desde Madrid. La negativa en 2010 a aceptar el estatuto original y a un pacto fiscal para evitar ahogar la autonomía durante la crisis. La negativa posterior, una vez que el independentismo creció, a reconocer el derecho a la autodeterminación. La negativa a negociar luego de un primer referendo en 2015 dónde la independencia ganó. La brutal represión de un segundo referendo unilateral en 2017 con más de 1000 heridos. La actual represión en todos los frentes, ya mencionada.

3. La acusación de insolidaridad con otras regiones esconde  la baja calidad democrática de la mayoría de los actuales aparatos centrales de Estado y su insolidaridad vertical. Con el neoliberalismo, el tamaño de las burocracias no se reduce sino que los aparatos públicos se transforman en instrumentos al servicio de los poderosos, que con sus políticas continúan ensanchando la brecha entre ricos y pobres desde hace décadas. En España, el gobierno de Madrid obliga a una transferencia interterritorial excesiva según los estándares de los sistemas federales (transferencia del 8% del PIB catalán, 4% entre landers alemanes, 1% o menos entre Estados de la UE) que provoca que en Cataluña muchos servicios públicos sean no iguales, sino peores, que en las regiones beneficiarias. Por último, construye un sistema territorial centralizador que beneficia a Madrid como polo económico y financiero y relega a una periferia progresivamente desindustrializada, a la dependencia del turismo, de la agricultura subvencionada o de las rentas de sus emigrantes.

Por ello, ante la acusación de la insolidaridad de ciertas regiones ricas, desde un punto de vista moral la cuestión no debería ser si todos los pueblos sin Estado tienen derecho a la autodeterminación, o sólo algunos (las ex-colonias), o sólo aquellas más pobres porque serían supuestamente menos insolidarias, o ninguna. La cuestión debería ser si cualquier comunidad humana, sea un pueblo sin Estado o no, sea rico o pobre, tiene ese derecho. La postura defendida aquí, y desarrollada más adelante, es la afirmativa.

4. La resistencia a la movilidad de las fronteras esconde el miedo a la pérdida del poder corporativo e institucional de unos pocos, bajo el mito de la balcanización y la deterioración de lo público. Cuestionar la integridad de los Estados neoliberales se convierte entonces en una forma de contribuir provocar el cambio. Una de estas maneras es el reclamo de la libertad de los pueblos sin estado que la desean, amparado en el derecho universal de protección de las minorías. Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, declaró recientemente que no le gustaría ver una Europa de noventa Estados en el futuro. El miedo a la balcanización se sostiene en dos razonamientos: el mimetismo histórico, y el hipotético interés de las élites económicas mundiales por un mapa fragmentado de Estados débiles. El primer argumento se rebate con hechos históricos: las independencias recientes aisladas (Eritrea, Sudán del Sur, Timor Oriental) no provocaron efectos en cadena, mientras que las independencias sucesivas o simultáneas (descolonizaciones de los años 1960 y consecuencias de la caída del muro en los años 1990) ocurren por hechos históricos ajenos a un contagio nacionalista. Las descolonizaciones fueron la consumación de la derrota europea en la Segunda Guerra Mundial mientras que la caída del muro propició el colapso del sistema socialista.

El segundo argumento parte de la creencia según la cuál la fragmentación en Estados débiles y pequeños beneficia a un neoliberalismo globalizado y poderoso. Este argumento ignora cómo algunos de los países más eficientes del mundo son pequeños. Ignora también que una sociedad civil local como la catalana fuerte puede doblegar a las fuerzas globales en su territorio. Por ello lo importante no es el número de Estados sobre el mapa, sino cómo de justas o injustas son las relaciones entre ellos, y en el interior de éstos, y en qué medida estas relaciones benefician o no a toda su ciudadanía, desde la perspectiva de la satisfacción de sus necesidades y derechos: paz, alimentación, sanidad, vivienda, recursos.

5. El miedo al riesgo de nacionalismos violentos que conduzcan a guerras,  favorece un statu quo que perjudica las iniciativas pacifistas contra el sistema. El fantasma de la guerra deslegitima el secesionismo. Europa mira atrás y tiene miedo de su historia. Incluso aquellos que reconocen que el movimiento catalán es absolutamente pacífico, fundamentan su rechazo en que podría desatar otros menos pacíficos en otros lugares. Pero el riesgo de cualquier revolución es que abre una brecha por donde puede entrar lo mejor o lo peor de la naturaleza humana. Y el dilema es si ante ese riesgo, la causa merece que osemos la revolución o no. ¿Es la voluntad de las minorías un derecho universal que debe defenderse? La gran contradicción y el gran desafío a la geopolítica sería que la comunidad internacional acepte nuevos Estados allá donde solamente ha habido voluntad popular democrática y pacífica y no como fruto de conflictos armados. Pero hoy por hoy Europa no parece dispuesta a dar ese salto. ¿O quizás sí?

6. En contraste, las naciones sin Estado pueden contribuir, paradójicamente, a la emergencia de un relato post-westfaliano pacífico y ciudadano de la gobernanza mundial. La diversidad de pueblos sin Estado alrededor del mundo cuestiona de diferentes maneras el corsé westfaliano. En la era de la globalización, el empuje autonomista e independentista de estos pueblos puede contribuir, no a un mundo de naciones enfrentadas, sino al revés, a la emergencia de un relato post-nacional del orden político global. Una forma de tejer el mapamundi desde abajo en que a) Los Estados soberanos dejarían de ser el actor central de la ordenación política internacional, y compartirían su protagonismo con otros actores. b) La soberanía exclusiva última sobre el territorio tendería a compartirse horizontalmente con diferentes niveles administrativos que compartirían valores comunes. c) Un futuro en el que se multiplicará el reconocimiento de pueblos y comunidades mediante soluciones confederales, federales, asociativas, autónomas, cosoberanas y a veces con independencias completas, todo ello de forma pacífica y democrática. d) La igualdad ficticia de las actuales soberanías excluyentes de los Estados, puede evolucionar hacia una base ciudadana universal fundada en la paz, la solidaridad y la empatía, representada en múltiples pertenencias, con autoridades y redes multiescalares integralmente democráticas que articulan sus competencias, ofrecen servicios, establecen reglas, celebran la diversidad, y gestionan pacífica y creativamente la resolución de conflictos. e) los futuros ejercicios de autodeterminación dejarán de ser excepciones históricas conflictivas, y se convertirán en un elemento ordinario de la operativa política ciudadana internacional. f) Instaurar reglas democráticas internacionales obligaría a repensar también la propia naturaleza de los sistemas representativos modernos.

7. Además, abren la puerta a las soberanías de proximidad. Más allá de las comunidades que se reconocen como pueblos o naciones sin Estado, otras comunidades sin un pasado común, pero con un proyecto propio de porvenir, podrían aspirar también a la autodeterminación. Sociedades que anhelan una relocalización integral en la que las instituciones del territorio volverían a estar al servicio del pueblo y no de las élites regionales o mundiales, y cuya proliferación podría conducir a una gobernanza mundial alternativa. Territorios pequeños en que la ciudadanía tomaría directamente las decisiones superando el simulacro de la representatividad de partidos mayoritariamente secuestrados por el sistema. La multiplicación de estas soberanías de proximidad avanzaría la agenda democrática planetaria y disgregaría el poder de los grandes países en los asuntos del mundo facilitando el replanteamiento de su agenda belicista y neoliberal, beneficiando enormemente la gobernanza mundial desde la perspectiva del incremento de paz, justicia, igualdad y equilibrio con el medioambiente. Así como la proximidad comercial garantiza un mejor control ciudadano de la producción y la distribución, y con ellas más calidad de los bienes y servicios administrados, en lo político, la proximidad en la toma de decisiones es fundamental para asegurar una democracia real de abajo a arriba.

En este escenario las organizaciones regionales deberían reconvertirse radicalmente. Abandonar su función de agentes del gran capital que como la UE, dirige desde arriba las orientaciones de sus políticas públicas que afectan a sus 27 miembros. Si los países se multiplicaran, la UE podría transformarse en una herramienta al servicio de la voluntad de sus gentes y la satisfacción de sus necesidades, entre las cuales acabar con la discriminación entre pueblos de primera y de segunda, ya sean pueblos con Estado o sin él.

Para concluir: Cataluña es una oportunidad más para mantener viva la llama de la necesaria subversión de los pueblos al orden mundial. Cada golpe a la rigidez geopolítica del orden westfaliano, si es producido desde abajo y de manera democrática como es el caso catalán, representa un movimiento sísmico que cuestiona el sistema actual al servicio de unos pocos, al atacar uno de sus pilares: las inmutables 195 provincias de su gobernanza mundial. Quizás no es la oportunidad más visible ni la que genere más simpatizantes fuera de sus fronteras, debido a lo que confusamente se interpreta como una revuelta nacionalista, cuando en realidad, como se ha argumentado, se trata de una lucha más amplia por los derechos sociales y civiles. Sin ser la revolución ideal, es la revolución posible de hoy, porque ha permitido en Cataluña la alianza de diferentes sectores y clases sociales. Se ha construido una coalición transversal de partidos e ideologías detrás de un pueblo unido en su voluntad de cambiar el mapa, entendiéndolo como una forma de osar la ruptura de las perversas reglas de juego global. La concienciación política de estos pequeños pueblos es un fenómeno histórico con un potencial transformador de las sociedades, a pesar de que no siempre será aprovechado, que va más allá de la defensa de la diversidad étnica hacia la transversalidad de las necesidades sociales y ambientales expresadas desde abajo. Con ello, pueden ser uno de los puntos de apoyo de un movimiento futuro de construcción de una verdadera democracia internacional sobre los cimientos de la precaria paz global actual.

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